Todo comenzó la tarde del lunes 9 de marzo, sin previo aviso se comunicó al alumnado que nos teníamos que someter a un repentino examen sobre el BOE, al día siguiente se asignaron grupos de entre 4 y 5 integrantes, los cuales debíamos de encontrar las respuestas del examen en un archivo de 543 páginas, no hubo problemas en localizar las respuestas pero quedaban 24 horas para plasmar lo encontrado en el examen.
Los nervios corrían por las venas del alumnado, este nerviosismo iba aumentando a medida que transcurrían las horas, porque sabíamos que si fallábamos individualmente perjudicaríamos al resto del grupo. Llegó la mañana del examen, la incertidumbre sobre lo que ocurriría era aún mayor y todos estábamos deseando que esta pesadilla finalizara de una vez por todas.
Al fin llegó el momento de realizar el examen y para más inri, tras finalizar la prueba, el profesor junto con el delegado de clase nos informaron que lo ocurrido había sido un engaño y que el examen no contabilizaría en absoluto para la calificación final.
Todo se trataba de una gran lección, nos comentó el profesor que era absurdo realizar un examen sobre el cual no se había explicado nada en clase, y que vomitar palabras en un folio sin comprensión alguna sobre lo que se escribe carece de sentido, ya que nada de la lección quedaría entendida, simplemente se habría memorizado para su posterior olvido.
Desde lejos se ve todo más fácil, pero cuando ese tema te incumbe lo ves con otros ojos y desde ese momento no pensarás del mismo modo que antes.
Hay que respetar al alumno y más aún si se trata de niños de primaria, están llenos de inocencia y dispuestos a obedecer lo que diga su maestro; por ello hay que saber enseñarles del modo más idóneo en su formación y evitar que se sometan a pruebas que no les permitan progresar en sus vida como estudiantes.
